Cómo poeta, ¿escribes o reescribes?
A
medida que uno cumple años tiende más a reescribir. No sólo porque regresa a
textos o libros anteriores, sino porque se da cuenta que, variaciones aparte,
está escribiendo siempre el mismo libro alrededor de las mismas obsesiones. Uno
finalmente escribe un gran libro dividido en esos capítulos o separatas que
llamamos libros. Así, el acto de escritura y reescritura se convierten en el
mismo y único acto.
¿Cuál es el imaginario poético de Juan
Manuel Uría? ¿Crees que el poeta, para serlo de un modo auténtico, necesita
deformar la realidad?
La
imaginación es la infancia que resiste. Sin duda. Mi imaginario debe mucho a
esa infancia, a lo que yo pensaba e imaginaba y, sobre todo, deseaba en esa
infancia. Por eso también –creo- aparece tanto la figura del niño, como símbolo
y como arquetipo, en mi poesía. Pero concretando más: en mi imaginario está la
mesa en la que escribo esto, muy concreta y material, y un pájaro abstracto,
inmaterial y universal. Y conecto perfectamente a los dos, mesa concreta y
pájaro inconcreto, en el texto, por un
hilo de correspondencias, para que ese pájaro acabe posándose encima de la
mesa. Así, el imaginario será un espacio donde –como en el sueño- todos los
elementos de la realidad –atendiendo a la realidad en su sentido amplio y
caleidoscópico, no en el superficial— se conjugan, y donde un “una máquina de
coser y un paraguas se encuentran
fortuitamente es una mesa de disección”, produciéndose lo inédito, lo
maravilloso, lo poético. Mi imaginario está formado por lo que he vivido, he
leído, he deseado, he soñado, y, también, por todo lo que no he leído, no he
vivido, no he deseado y no he soñado, negativo que marcaría los silencios de
ese imaginario, los vacíos o, como en un cuadro barroco, el negro que hace que
resto del cuadro se ilumine.
En
cuanto a la otra pregunta, creo que es más bien al revés: debe formar la realidad, no deformarla. Formarla
y describirla y, describiéndola, recrearla. Para deformar la realidad ya están
los políticos o los malos poetas. El poeta auténtico tiene el deber y el
trabajo de crear y fundar la realidad, esa
realidad otra de la que habla Gamoneda, inefable, donde habita la poesía.
Este trabajo, como es obvio, va más allá de lo aparente, de ese primer plano de
la realidad, el superficial, que sólo es uno de todos los que la constituyen.
La realidad es compleja. Y ya de paso, de soslayo, introduzco aquí una
reflexión: la diferenciación entre poetas realistas o no realistas es un absurdo.
Todos los poetas son realistas, no pueden huir de la realidad. El problema y la
cuestión es definir bien qué es la realidad, qué entendemos por realidad, y
dónde pone el foco, dónde mira el poeta, qué faceta de esa realidad va a
indagar y de qué modo.
¿Si pudieras no escribir...?
Pintaría,
supongo. O compondría canciones. O pasearía todo el tiempo, cosa que me gusta
mucho. No es un drama darte cuenta que puedes no escribir, es decir, que ya no
tienes esa pulsión o esa necesidad que tenías en la adolescencia. Pierdes
energía o pierdes ingenuidad, o quizá no quieres participar de ciertos aspectos
del juego o del circo poético (la cucaña) que nada tiene que ver con la Poesía.
O quizá finalmente todo lo explique la pereza. No lo sé. El caso es que no importa
demasiado escribir o no, y si pudiera no hacerlo no lo haría. Hay que relajarse
con respecto a esto. Ojo, no digo que haya perdido la pasión, no, porque sigue
ahí, con fuerza. Pero se atempera, espera, y sobre todo aprende a distinguir entre
lo importante y lo accesorio, entre lo sagrado y lo profano. Quizá llegue el día
en que la poesía me abandone o yo la abandone a ella. Que busque otra forma de
expresión o ya no quiera expresarme de ninguna forma y opte por el silencio,
como hicieron otros. U opte por el noble (y envidiable a veces) “preferiría no hacerlo”,
de Bartleby.
¿Sueles renegar de lo ya escrito?
No
tiene sentido renegar. En su momento fue necesario lo que se escribió. Y ahí
quedó. Otra cosa es estar satisfecho, lo que no sucede nunca. Pero es que creo
que ningún creador que se tome con un mínimo de exigencia su trabajo, con un
mínimo de autocrítica, puede quedar satisfecho. La idea (y el creador es
idealista, vive en la idea, en la imagen previa al texto o a la pintura)
siempre es profanada por lo hecho. Siempre. Y lo que uno intenta es quedar
medianamente satisfecho, que la idea y su concreción se emparenten un poco.
Pero de ahí a renegar hay un grado. Sí reescribo, reordeno, etc., como he dicho
antes. Pero desde la aceptación. Además, cuando ya publico algo es porque estoy
seguro y lo he revisado hasta la extenuación. Y en esa revisión y examen, en
ese proceso van quedando muchos papeles,
muchos poemas, libros enteros que van al cubo de la basura.
¿Cómo surge el poema, cómo es en tu
caso el proceso de escritura?
El
poeta se iguala al obrero: el poema como la buena pared surge con mucho
trabajo. Con paciencia. Con formación de años de lecturas y de poemas tachados
y reescritos. Yo no soy escritor de oficina, de trabajar cuatro o cinco horas
cada día, forzando las cosas. No, mi sistema
es otro y fluye más con la vida. Puedo estar tiempo sin escribir, pero sí estoy
pensando, observando, paseando (ah, esos largos paseos) y atesorando elementos
de un puzle que va formando el libro en mi cabeza, su estilo, su estructura
(tan importante), el tono, etc. Luego sí, luego, una vez madurado en mi cabeza,
lo vuelco al papel. Y después de esto, la corrección y el pulimiento, darle forma
a la escultura (visualizo últimamente el poema como una escultura). La
corrección me lleva mucho tiempo también. Pero no tengo prisa. Mis proyectos,
cada libro, necesita de su tiempo y maduración.
¿La poesía puede ser cualquier género
y puede, por tanto ser anti-poesía?
No
creo en los géneros. Esto sólo sirve a los críticos y a los bibliotecarios.
Tenemos miedo al caos y todo lo tenemos que clasificar y ordenar. Yo creo en
los textos, en el lenguaje que, elevado, adquiere fuerza y tensión, calidad
poética. Comparto la reflexión que de la poesía hizo Juan Ramón, esa que dice
que la poesía puede expresarse en cualquier disciplina siempre que hunda su
raíz en la esencia de la poesía. Ojo, no se confunda esto que digo con esa
estupidez de que todo es poesía o puede ser poético. No, nada más lejos. “La
raíz en la esencia de la poesía”. Esta es la clave, que, se exprese como se
exprese el creador, tome la forma que tome, hable de lo que hable, hunda su creación
la raíz en la Poesía.
¿Hermetismo o claridad? ¿La poesía
comunica o emociona, si es que ambas cuestiones son excluyentes?
No
son excluyentes, claro que no. Como con los géneros, dividimos la vida y lo que
pasa en nuestro interior en razón y emoción, como si fueran diferentes, o no fueran
de la mano, o no se entreveraran. Toda buena poesía comunica y conmueve (en ese
sentido que propugnaban los superrealistas). A mí me da igual que sea de la
llamada hermética (no existe la poesía hermética) o la clara (la buena poesía
clara es más oscura de lo que parece). Si tiene sentido y música y contenido y
provoca una conmoción, hunde su raíz en el ser, hay poesía. Y si están vacías,
no son poesía y suenan a hueco, como la caja de un regalo sin nada dentro. Pero
la dicotomía hermética-clara, repito, es falsa. Primero porque no se escribe en
el vacío y siempre hay comunicación. Existe la poesía más compleja, sí, o que
exige más esfuerzo del lector, pero no es hermética. Y con ese esfuerzo lector
se irá haciendo más clara en la conciencia, casi hasta llegar a la transparencia.
Y la buena poesía clara –como decía antes- esconde otras lecturas que la
complejizan. Son poemas de doble fondo, con ángulos ciegos. Sí es cierto que prima
en los últimos tiempos una poesía sencilla, de calidad discutible, que se
confunde con la buena poesía clara (uso las categorías que me das en la
pregunta para entendernos, yo habitualmente sólo hablo de buena o mala poesía,
dándome igual lo demás), una poesía fácil de leer y de digerir, de consumir, de
lectura pasiva. No es de extrañar, en todo caso, en una cultura donde no se
premia el esfuerzo. Una poesía de mercado, que se consume, pero que no es
poesía. Pero repito, este tipo de poesía (que no lo es) no tiene nada que ver
con la buena poesía clara. En fin, nada que ver con la buena poesía, a secas.
La
verdad, pienso a vuelapluma, y también de soslayo, so capa de lo anterior: vivimos
malos tiempos para la buena poesía, la compleja (clara u oscura). Y creo que
hoy pocos editores publicarían a Celan o Beckett.
Tanto en Transformaciones como en Las
huellas del límite la prosa poética es lo que impera. ¿La sientes como un
género aparte o como un género delimitado dentro de la poesía?
La
poesía en prosa no es un género, es una
forma poética. La poesía es más que el verso. La poesía puede adquirir la forma
que le parezca o que al poeta le parezca. A la poesía le da igual el
continente. Yo unas veces opto por el verso y otras por la prosa, dependiendo
de cómo quiero expresar lo que deseo expresar. Es verdad que el poema en prosa tiene implicaciones
diferentes, de estructura y ritmo; pero el poema en prosa es sencillamente un
poema con una forma concreta, no un género.
Y el aforismo, que también practicas,
¿dónde lo enmarcarías?
El
aforismo es un texto fronterizo con todo, muy conjugable con la poesía, el
ensayo, el microrrelato, etc. A mí particularmente me permite descargar mi humor,
mi ironía o mi sarcasmo, cosa que no me permite la poesía. Y como con la
poesía, debe conmoverte, moverte de tu eje, llevarte un peldaño más arriba o más
abajo de ti mismo.
¿Qué lecturas definirías como
determinantes para ti? ¿Cuál fue su influencia en tu trayectoria como escritor?
Muchas
influencias, poéticas, pictóricas, musicales; influencias vividas y leídas. El
poeta lo primero que tiene que ser es un buen observador de la realidad, para
desentrañarla y desvelarla, o decantarla y revelar lo poético que hay en ella. En mi primera infancia fueron los cantautores,
que escuchaba de fondo en mi casa. Su respeto por la palabra y el lenguaje, por
las letras de sus canciones, me llevaron a la poesía. Luego la lectura de los
clásicos, la tradición, las vanguardias, quitando lo bueno de lo malo, me han
llevado a construir un canon personal ecléctico donde conviven Juvenal con
Robert Desnos, San Juan de la Cruz con René Char.
¿A qué poetas de tu generación destacarías?
Pongo
dos, para no extenderme: en España, por su poesía y por su labor crítica,
Vicente Luis Mora; fuera de España, el poeta chiapaneco Balam Rodrigo.
Me consta que eres un viajero curioso
y que en esta última temporada has estado en varios países de Latinoamérica.
¿Hasta qué grado nos son aquí desconocidas y se nos escapan las propuestas
literarias que se están dando en esos países?
Seguimos
teniendo en este país una tendencia centrípeta estúpida, como si fuéramos el
centro de la poesía escrita en español. Da un poco de vergüenza. Hay que acabar
con este nacionalismo. Romper la barrera nacional y hablar de poesía escrita en
español, a secas, dando lo mismo en qué país se haga. En Latinoamérica se está escribiendo,
además, la mejor poesía contemporánea. Abrir puentes es necesario; más hoy, que
es tan sencillo con las redes sociales y los medios de comunicación inmediatos.
¿Cómo ves el panorama de los poetas y
escritores que desde el País Vasco escribimos en castellano? ¿Cuáles son tus referentes
principales?
El
País Vasco ha estado y está mediatizado por cuestiones políticas que nada
tienen que ver ni con la poesía ni con los idiomas euskera o castellano. Por
desgracia hay quien ha querido que así sea, y durante mucho tiempo, para mayor
desgracia nuestra, así ha sido. Los juegos de identidad excluyentes lo han
mediatizado todo hasta el hastío. Creo que de aquí al futuro debemos trazar puentes
de comunicación, crear identidades incluyentes y plurales, donde no importe el
idioma en el que uno escriba, sino la poesía en sí misma. De la misma forma que antes hablaba de eliminar
fronteras en cuanto a la poesía en español, digo lo mismo con la poesía en el País
Vasco: eliminar esa ficticia separación entre poetas vascos en castellano o en
euskera, como si estuviéramos en países distintos. Limpiar los idiomas, esos
bellos idiomas, de su contenido nacional o político. Los idiomas no son
patrimonio de nadie.
Dicho
esto, hay un mapa interesante que se va renovando, plural, con poéticas
diversas: Karmelo C. Iribarren, José Fernández de la Sota, Jon Obeso, Emilio
Varela, Eli Tolaretxipi, Itziar Mínguez, Beñat Arginzoniz, Pablo Casares, o tú
mismo, entre otros. Y por supuesto, los “decanos”, que responde a tu pregunta
de los referentes: Jorge G. Aranguren, Eduardo Apodaca, Carlos Aurtenetxe, Javier
Aguirre Gandarias o el recientemente fallecido Pablo González de Langarika, sin
olvidarme del gran Juan Larrea. Y sigo con mis reflexiones a vuelapluma: que
Bilbao o, por extensión, el Gobierno Vasco, no haya dedicado una calle o una
casa de cultura o un homenaje, en fin, no reivindique a Juan Larrea como uno de
nuestros grandes poetas y pensadores, es definitivamente miserable e indicador
de lo que ha pasado y sigue pasando en este país.
Como editor, ¿a qué poeta o escritor
consagrado te gustaría tener la oportunidad de publicar?
Sin
duda, a Antonio Gamoneda.
¿Nos obsequiarías con un aforismo que
hiciese las veces de poética y con un poema inédito?
Te
doy cuatro aforismos:
“Para
el cuentista cada comienzo es un Érase
una vez. Para el poeta es un Abracadabra”.
“El
poeta saca las palabras del diccionario y las pone a bailar como peonzas de
luz”.
“Las
cosas siguen esperando todavía un nombre mejor”.
“El
buen aforismo, como el buen poema, es un rasca y gana”.
Y el
poema, perteneciente a un libro en formación de título “La belleza
fragmentada”, y que elijo porque resume algunos aspectos de la entrevista, y
porque también funciona como poética:
El
poema de líneas curvas
que
tensa el lenguaje
y el pensamiento
y
nos lleva al corazón
vivo
de
la realidad.


Interesante artículo.
ResponderEliminarInteresante artículo.
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