Coincidiendo con la reedición de
uno de las primeros libros de poemas, Cantar
del Marrakech (lo publica ahora la editorial Frac de Medusas) y de su
reciente estancia en España, entrevistamos al poeta mexicano Juan Carlos
Bautista.
¿Quién es Juan Carlos Bautista? ¿Cómo definirías tu obra? ¿En qué
género literario o artístico te sientes más cómodo?
La pregunta es aterradora, ¿quién
puede decir quién es él mismo sin temor y sin desmentirse enseguida? Uno debería, por decencia, definirse por lo
que hace, pero también ahí es un poco complicado porque he hecho un poco de
todo y de nada. He sido periodista, militante gay, burócrata universitario, promotor
cultural, editor, restaurantero y cantinero. He escrito poesía, crónica,
ensayo, novela, he pintado, he dirigido un video documental, en fin, soy un
perfecto diletante. Nada de lo que he escrito lo he hecho con la suficiente
asiduidad como para que se me considere practicante serio de nada. Algunos me
dicen poeta, pero solo he publicado tres libros de poemas y tal vez eso no sea
suficiente para ganar el derecho de oficio. Pero es la poesía donde me siento,
si no más cómodo, al menos más dichoso, por decirlo de un modo paradójico
porque entonces la felicidad tendría que asociarse al escrutinio de la desdicha.
¿Supersticiones al enfrentarte a la escritura? ¿Escribes a
mano? ¿Cuál ha sido el último verso que has apuntado en alguna cuartilla de
bolsillo?
La superstición más insistente es
la esterilidad, el miedo ante una hoja vacía que parece decirme, otra vez, “no
vas a poder”. El trabajo debería salvarme de esa superstición, pero siempre hay
tantas cosas urgentemente inútiles y bellas antes de ponerse uno a trabajar…
Antes, de joven, escribía a mano
siempre. Tal vez por eso mis textos eran tan corporales. El tránsito de la
escritura manual a la máquina de
escribir y de ahí al ordenador delata solamente que he envejecido lo suficiente
para que la tecnología me diera alcance. Últimamente he vuelto a escribir en
cuadernos, en desorden, de manera deshilachada y fugaz, pero lo cierto es que
hoy me siento más cómodo ante un teclado que ante un bolígrafo. Uno tiene la
superstición de guardar cada papel (algo que a la larga solo conduce a la
extrañeza y a la decepción); en cambio, el teclado del ordenador te da la
posibilidad de borrarlo todo de un dedazo y olvidarte. Creo que el último
apunte que hice es este: “La ciudad es el viento en la cara que se aleja”.
¿Qué peso tiene -la impresión es de total omnipresencia- la
imagen, lo puramente visual, en tus poemas? ¿Mostrar es definir?
La imagen para mí es
importantísima. Es necesario reconstruirla en el poema para tener el consuelo
de “lo real”. Como en el cine, que es sueño, es la imagen –como metáfora, como
símil, como narración- la que nos convence de que todo es cierto, de que
nuestro cuerpo es verdadero, de que fuimos visitados por la belleza, por la
tristeza, por el horror. La imagen es el rastro de lo real. Como un dedo que se
marca en el polvo. Y no, no creo que la imagen alcance a definir, mejor que no
lo haga. Está ahí para ser vista, para buscar su sitio en la memoria, es decir,
para ser soñada otra vez, imaginada de nuevo.
Tu poesía está impregnada de sexualidad. ¿Crees que
conviene intelectualizar lo erótico?
Nunca he querido intelectualizar el
erotismo, la sola idea me repugna. No sé ni siquiera, a ciencia cierta, qué es
el “erotismo”. Si, como solemos hacer, es una intentona de reproducir el placer
y la belleza carnal, entonces es un afán ridículo y estéril que suele
desembocar en la cursilería y en el humor involuntario. Si lo acometemos como
ejercicio intelectual, solo puede ser delicioso en tanto pensamiento perverso,
donde lo central es cómo se piensa y no cómo se folla.
Me gusta mucho más la palabra
sexualidad porque no pretende nada, porque es un dato solamente. La sexualidad
“está ahí”, nada más, es inevitable porque el cuerpo es el territorio donde
todo ocurre. Sucede que me gustan los hombres y que el sexo es para los de mi especie
un motivo de inestabilidad, de identidad, de duda, de exclusión-inclusión, de
reflexión, de miedo, de alegría y de desdicha. Es decir: de todo. El sexo es
todo. No es que yo lo invoque: el sexo está ahí aunque le huya y aunque él me
evada.
¿Hasta dónde es lícita la cualidad de lo ininteligible y lo
hermético en la poesía, esa vocación de tantos poetas por hacerse
indescifrables?
Quiero pensar que todo se vale, que
todo puede ser verdadero. Me gusta un mundo lleno de distintos y de extraños,
también en la poesía. Lezama escribió: “solo lo difícil es estimulante”. ¿Pero
es lo hermético solamente el sentido que se esconde, lo secreto y lo difícil?
¿No es difícil, de otra manera, incluso brutal, un poeta tan claro y directo
como Cernuda? La claridad es un deslumbramiento de lector, pero poeta claro no
hay ninguno, porque el sentido de un verdadero poema muta y se complica en cada
nueva lectura. La felicidad del ciempiés es la encrucijada, tenía razón Lezama.
¿Pero qué hay en la encrucijada? La disyuntiva es infinita. En poesía me gustan
todos los extremos, me gustan Lezama y Cernuda. Me gustan incluso las
cancioncitas de Lorca. Me gusta mucho Paz, que es tan antipático de muchas
maneras. Yo soy un poco promiscuo en eso, como en todo. Como a Mae West, que le
gustaban solo dos tipos de hombre: “los que tienen músculos y los que no”, a mí
me gustan toda clase de poetas, a los que entiendo y a los que no.
Recuerdo un haiku de Taneda Santoka: "Mi cuenco de mendigar / acepta hojas caídas." ¿Vienen así los
versos, como hojas que van cayendo desde un árbol y que tenemos que dejar que
el cuenco recoja? Cuando vas intuyendo el poema, ¿lo primero que se te presenta
es la música, el engarce de palabras o te prendes de un hilo más intuitivo y
visual? ¿Todo poema es deliberado, esto es, fruto de una premeditación y o
pre-intuición y de tener un sentido final unitario?
Del proceso creativo y de la lógica
interna de un poema es de lo que menos puedo hablar. Siempre ha sido un secreto
para mí su gestación. Me he pasado años sin escribir poesía y lo acepto como
inevitable, porque mi concepción de ella está entregada al espíritu dionisiaco
y a la revelación. Es algo que no depende de mi voluntad. Si dependieran de
ella habría hecho versos menos sucios, que pudiera leerle orgulloso a mi madre.
Habría escrito un libro para Víctor, que es lo que más amo. Pero escribo cosas
que se levantan incluso contra mí. Ciertos lectores, cuando me conocen en
persona, se decepcionan visiblemente porque tal vez esperaban a un tipo más
salvaje, a un travesti desbocado, a alguien más retorcido que a este hombre con
el que se encuentran, tan educado, tan gentil, vestido de una manera tan poco
llamativa, y que parece contradecir su propia escritura. Claro que me hubiera
gustado ser de la casta de Wilde, de Warhol, de Dalí, pero no me tengo mucha confianza. No soy fascinante.
Por eso eso es un alivio más que un don aspirar a que sea otro el que habla a
través de uno.
Me gusta el haikú de Tanedo Santoka
que mencionas, esa mendicidad ante el árbol. También me gustan los versos de
Joyce Kilmer: “Los poemas son hechos por personas como yo./ Pero solo Dios
puede hacer un árbol”. Nadie podrá hacer algo más bello que un árbol. Me gusta
la imagen de que somos pobres gentes con el cuenco entre las manos esperando a
que caiga la hoja del fresno. O del liquidámbar, solo por el placer de que
caiga la palabra liquidámbar. Solo la poesía tolera esa inconciencia y esa
mendicidad, todo lo demás exige trabajo. El poema cae como un rayo, un día, de
pronto. O no cae. Puede uno pasarse la vida leyendo y ensayando poemas, pero
tal vez la poesía no llegue nunca. No podemos esperar que la poesía nos sirva a
los poetas. Nosotros somos sus criados, y es posible que nos pasemos la vida
tallando sus pisos sin que la señora se digne a vernos.
¿La poesía es un sentido, una alucinación o trance que está
muy por encima de los poetas? ¿Cuál es para ti el tema de la poesía?
Creo que lo que dije antes contesta
un poco la pregunta. Solo debo añadir que tampoco es que crea que el poeta es
un holgazán –que sí, con frecuencia. Los sirvientes de la poesía debemos ser
trabajadores y concienzudos. Solo que eso no garantiza nada.
¿Reescribes mucho, te obsesionan las correcciones?
Sí, reescribo y corrijo
obsesivamente. Soy muy inseguro. En eso consiste mi trabajo de poeta. No en hacer que caiga el
rayo, sino en decir “aquí cayó un rayo¨ y lograr que los demás se lo crean.
Para eso, intento una estrategia y otra, busco palabras, pruebo sonidos, acoso
a las imágenes hasta fijar aquella que juzgo que es el mejor rastro. Eso
implica, incluso, ir de un género al otro. El
Cantar del Marrakech quiso ser primero una novela y, derrotada, volvió a
ser poema. Antón Arrufat me dijo una vez que yo le gustaba más como narrador
que como poeta, que mi novela Paso del
Macho era mi mejor poema. Corregir es una enfermedad. Uno no sabe cuándo
detenerse y sigue, y sigue, hasta matar el poema incluso.
Al leerte la
sucesión y el galope de imágenes resulta caudaloso y trepidante ¿El poema
avanza desde un comienzo desbocado o intentas controlarlo del algún modo?
Es verdad que tengo esa apariencia desbocada pero
desconfío mucho de ese impulso. El primer borrador es el decisivo. Si tiene
fuerza al leerlo después de unos días eso me indica que debo trabajar en él, me
sugiere el tono y las posibilidades del sentido. Tener demasiadas imágenes casi
siempre es un problema. Me olvidaba decirte que uno de mis trabajos favoritos
es el de jardinero. Amo mi jardín, tanto o más que a mi biblioteca. En el fondo
se parecen mucho: ambos exigen un amoroso cuidado, una curaduría secreta, una
narrativa. Cada libro y cada planta es un asombro único. Como la biblioteca, el
jardín puede verse de un solo golpe, de conjunto, pero el jardinero sabe que
cada planta exige un cuidado, un diálogo, una morosidad. Así el poema: uno debe
dejarse llevar por su intuición y cierta maña para saber en qué momento hay que
dejar que prolifere y en qué momento es necesario podar.
¿Es
suficiente el soporte del lenguaje verbal ya existente o el poeta debe procurar
inventarlo o transformarlo?
Bueno, sabemos que la materia del
poeta como artista son las palabras. Es un material extraordinariamente vivo y
complejo. ¿Debemos inventarlas? No, las palabras son un patrimonio común,
hechas por el genio colectivo. Salvo los tecnicismos, que suelen ser horribles,
no está claro cómo nacen, pero si han de sobrevivir es porque nacieron
hermosas, eficaces. ¿Debemos transformarlas? Bueno, sí, ¿pero cómo? ¿Debe
atreverse uno a barbaridades como “soledumbre”? No, por favor. Uno debería
trabajar en las combinaciones, en las infinitas combinaciones, en los matices,
en las sutilezas. Hay que descubrir lo que quieren decirnos las palabras.
Cuando un poeta, un gran poeta, logra decir algo importante, algo nuevo, no es
un descubrimiento sino un redescubrimiento: la gente lo ve como algo que
siempre estuvo ahí. Las palabras vuelven al patrimonio común. Bradley decía que
uno de los grandes efectos de la poesía era esa impresión que da no de
descubrir algo nuevo, sino de recordar algo olvidado. Conozco la idea por
Borges, que la cita en su famosa conferencia sobre el trabajo poético y que nos
advirtió que las obras maestras a menudo son hijas del azar y de la
negligencia.
En una entrevista explicaba Pere Gimferrer que él intentaba
ser siempre el mismo poeta pero sin escribir nunca el mismo poema. ¿Se puede no
escribir siempre el mismo poema?
No lo sé. Me da la impresión que un
poeta escribe siempre un solo poema en muchos fragmentos. A veces parecen tan
distintos pero en el fondo es como si nacieran del mismo tronco. Uno solo tiene
un cristal para ver las cosas, ¿para qué quieres más?
Acabo de terminar un libro, Animales venéreos, que es un bestiario,
un conjunto de cuentos y fábulas de moral retorcida, donde el sexo, de pronto,
es nuestra posibilidad de volver al animal que somos y el amor la urgencia de
destruirlo. Tengo en el escritorio dos novelas que ojalá lleguen a terminarse.
Y un libro de poemas, El horroroso caso, que guardé mucho tiempo en el cajón y
ahora publiqué parcialmente en una antología. Son textos inspirados en la nota
roja y movidos por la violencia que azota a México. Ya es un libro viejo.
Cuando empecé a escribirlo ningún poeta hablaba del asunto, ahora parece que
cada poeta mexicano siente la obligación de escribir un texto sobre la
violencia. Si lo he guardado tanto tiempo ha sido por inseguridad y porque
temía ser oportunista. Ha pasado tanto desde entonces, muchas muertes, mucho
dolor. El dolor ajeno exige respeto. Luis Felipe Fabre me dijo que ese libro
iba a acabar publicándose cuando la violencia se acabara, cuando ya no fuera
tema. Es una ironía, pero no me parece un mal contexto. Ahora tal vez lo
publique entero porque me he dado cuenta que el verdadero tema del libro no son
los saldos de la violencia, no son los muertos, a los que nunca me sentiré
capaz de honrar como se debe –porque la única manera es la justicia, que no
está entre las posibilidades del poema-, sino el miedo. Es decir, mi propio
miedo, algo que conozco íntimamente, que es el costo que yo he tenido que pagar
por vivir en México. De eso sí me siento capacitado para hablar.
¿Lees a
poetas españoles actuales? ¿Qué es lo que llega hasta tu país?
No, desgraciadamente no conozco casi nada de la
poesía española actual. Es una desgracia, pero la poesía iberoamericana, en la
era de la internet y de las redes sociales, está más aislada que nunca.
¿Cuáles son tus lecturas de cabecera y tus preferencias? ¿A
qué poetas mexicanos aconsejarías leer en este momento? ¿Nos descubrirías algún
nombre?
Las lecturas van renovándose con el
tiempo y uno va cambiando sucesivamente de amores. Pero quedan los de siempre:
Góngora, Quevedo, Sor Juana, Lezama Lima, Virgilio Piñera, Whitman, Pound,
Pessoa, López Velarde, Villaurrutia, Novo… Ahora, con los festejos de su
centenario, he releído a Juan Rulfo, que sigue siendo el mayor poeta mexicano
del siglo XX, aunque haya escrito en prosa.
Leo con interés y envidia a muchos
poetas jóvenes, que admiro: Luis Felipe Fabre, Sara Uribe, Óscar David López,
Yaxkin Melchy, Sergio Loo, Hernán Bravo Varela, Maricela Guerrero, Paula
Abramo…Son poetas interesantísimos que están renovando la lírica, que aquí se
había vuelto un salón de preciosas ridículas.



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